PACTO ENTRE AMANTES por Maura Regards

17.10.2017

Martes. Desde primera hora de la mañana, Maura empezaba a saborear el postre que le deparaba el final del día. Un postre que no por muchas veces saboreado dejaba de endulzarle la vida. No le saturaba ni le llegó a saturar cuando decidieron poner punto y final a su particular historia.

Llegaba a casa después de las clases, pasadas las once de la noche, sin aliento, con el tiempo justo para prepararlo todo. Se desembarazaba presurosa del abrigo en el ascensor y, al entrar, soltaba el lastre del bolso y la carpeta.

Combinaba a la perfección el mimo de cuidar los detalles con la premura del tiempo que restaba para que Renée se reuniera con ella. Recreaba con el automatismo aprendido a lo largo de muchos meses un nuevo escenario en su hogar: luces tenues, aroma de incienso, toallas limpias, música chill-out y un par de copas de vino. Siempre una era más alta que la otra. Nunca consiguió reunir un juego completo y pensó que tenía que ser así, como el desequilibrio de los objetivos vitales que a ambos separaba.

Extendía sobre la cama dos o tres saris y varios conjuntos de lencería fina. Entraba en la ducha y la espuma que resbalaba por su piel se llevaba consigo a la Maura del día a día para dar paso a una completamente opuesta. Miraba en el espejo sus pechos, su cintura, su pubis, sus nalgas, su boca. Se sentía objeto de deseo y deseosa de ser poseída; el corazón se le aceleraba. Con una sonrisa cómplice consigo misma apartaba por un momento estos pensamientos y volvía a centrarse en su arreglo personal.

El color preferido de Renée era el negro. El de ella también, así que decidía pronto. Gustaba sorprenderlo con un doble pieza o un body. A veces, escogía una malla entera que él le regaló y que únicamente dejaba al descubierto sus zonas erógenas. Ninguna semana repetía respecto a la anterior.

Cinco minutos y su amante estaría frente a ella. Cambiaba, entonces, sus zapatillas por calzado de tacón alto que permitiera enseñar sus dedos y sus uñas siempre pintadas y se rociaba de perfume. El último toque consistía en atusarse su cabello rizado que nunca peinaba. Pero aún faltaba un detalle que enjaretarse. Uno que nunca olvidaba y que sólo ella podía ver. Se enfundaba de pies a cabeza de una coraza transparente e insensible al tacto pero que Maura forjó resistente. Una coraza que no le permitía cruzar la raya de la pura pasión, de la total entrega carnal y que le hacía impermeable al amor. El amor entre Maura y Renée estaba prohibido.

Todo estaba a punto. La envolvente trompeta de Jet Baker y un Martini blanco le acompañaban en la ansiada espera. En esos instantes siempre acudía a su mente el mismo pensamiento. Deseaba con ardor vivir en toda su intensidad esa noche y, a la vez, no quería que llegara. Si llegaba, se acabaría. Y si se acababa, jamás, ni uno ni otro sabrían si sería la última. Así lo pactaron. Con un suave movimiento de cabeza echaba hacia atrás su melena y resbalando por ella se desvanecían sus dudas.

Cuando sonaba el timbre del interfono, podía verlo por primera vez después de una semana, a través de la pantalla. Se regodeaba haciéndolo esperar un poco pues le divertía observar sus gestos. Renée se arreglaba el cabello y repasaba su aspecto en el reflejo del cristal de la puerta de la entrada. Cruzaban un breve saludo y él desaparecía momentáneamente de su vista.

Maura notaba como le temblaban las manos y el habla al besar sus mejillas cuando lo recibía. Él no llegaba a percibirlo. Penetraba en su oasis semanal y lo embebía desde los primeros minutos. Cruzaban atropelladamente frases cordiales a la vez que ambos se radiografiaban. La colonia de Renée, sempiterna, erizaba el vello de Maura por debajo de su ropa.

El le tendía una botella de vino negro que ambos descorchaban parsimoniosamente, de pie en la cocina, en una animada charla. Risas y guiños cómplices adornaban las explicaciones. Eran excelentes amigos, del tipo de amistad que no se nutre con el paso de los años si no por una conexión de las almas íntima y muy especial. Almas limpias y blancas, almas sin cicatrices, almas sin miedos. Almas que se habían encontrado en un cruce de caminos. Unos caminos que llevaban a destinos dispares pero cuya andadura ambos habían decidido detener para beber ávidos el momento presente.

No llegaban nunca a apurar la primera copa. La electricidad de la proximidad de sus cuerpos era más fuerte que la contención que exigía un preámbulo en toda regla. Sus bocas se unían en un impulso incontrolable que nacía en ambos a la par y sus manos agarraban el cuerpo ajeno con un ansia compulsiva. Se instauraba un caos gobernado por sus instintos.

Renée aupaba con destreza a Maura encima del mármol. Ella se dejaba hacer, ya vencida. Le sobaba los pechos, excitaba sus pezones y los gritos de placer de ella le invitaban a abrirle las piernas. Con una mano notaba su humedad y con la otra extraía su verga enhiesta. Ambos se miraban con ojos desafiantes, de animal, y entonces Renée la embestía con fuerza, con desespero. Maura se agarraba a su cuello y encajados iniciaban un vaivén rítmico, lento a veces, otras, galopante y, utilizando su particular código secreto, se detenían al unísono. Se conocían como las palmas de sus manos y los dos querían dilatar al máximo el momento del primer orgasmo.

Descendía ella, entonces, a la altura de su cintura y, colocándose de cuclillas se agarraba a sus muslos, buscando la mirada color verde gato de Renée, que tanto le fascinaba. Él, embelesado y acariciándole la frente y las sienes, se disponía a deleitarse con los efectos de la excitante succión de los labios de Maura. Morbosa y provocadora, iniciaba su ataque, esta vez sin tregua, deseando que su amante se desbordara. Y cuando lo conseguía, su boca y su lengua esperaban avaras el líquido blanquecino y salado de su amante. Sorbía el néctar y dejaba que parte de él resbalara por sus senos. El sonido del éxtasis rompía el silencio de la noche.

Como perros marcando su territorio, proseguían sus juegos en el pasillo, en el lavabo cuando se refrescaban, en el sofá y en el suelo.

Ya no percibían nada de lo que les rodeaba. Sólo querían seguir poseyéndose de mil maneras. Unas las dominaban bien y las llamaban las "clásicas" pero gustaban innovar. Renée le enseñó a gozar con el sexo anal, de la que Maura se volvió adicta frenética. Ella le confesó el mundo de fantasías que rodeaban su placer en soledad y Renée aprendió a recrearlas en su compañía, llevándola a redoblar en intensidad sus episodios de clímax.

Maura se mordía la lengua multitud de veces para no dejar escapar ninguna expresión excesivamente cariñosa que pudiera asustar a Renée aunque sabía que él hacía el mismo esfuerzo. En este sentido, el único lujo que se permitían era, una vez enroscados antes de dormir, decirse un "te quiero" en un tono apenas perceptible.

Fuentes inagotables de nuevas experiencias por disfrutar. Probaron el sado y andaban tanteando la posibilidad de un triolismo en sus dos variantes cuando el propio éxito les hizo morir.

Inconscientemente, a lo largo de sus encuentros Renée y Maura habían ido tensando la cuerda que les separaba del precipicio de la dependencia emocional, de la implicación sentimental, de las ataduras. Una soga que empezaba a ahogarles y que el roce en el quicio empezaba a deshilachar. Peligro de amor.

El intentaba abrirse paso en el nuevo camino de la libertad personal recién conquistada; ella ya hacía tiempo que pisaba fuerte por ese mismo camino. El deseaba detenerse en cada recodo y descubrir todos sus detalles, sus sorpresas; ella proyectaba abandonar el sendero ya conocido y adentrarse en otro que le reportara una estabilidad, en el que pudiera acelerar al cien por cien y darse en plenitud.

Dejaron de verse y, velándose en la sombra, supieron entonces que, quizás, en otro momento, en otro lugar.