SHIBARI: Sucumbiendo al arte de ser atada

01.02.2017

La vida, y más en el ámbito erótico-sexual, te ofrece siempre gratas sorpresas, aunque creas que ya has experimentado todo lo posible que te podría interesar. Así que hace tan sólo 15 días tuve la oportunidad de vivir mi primera experiencia con el Shibari, el arte japonés de atar y recorrer con cuerdas el cuerpo humano.

He de reconocer que no me había planteado mucho lo de ser atada. Evidentemente, algún juego de bondage se había terciado en mis actividades sexuales, pero nada tan elaborado como el Shibari. Alguna vez me habían propuesto ser atada por completo, pero tampoco se había dado la ocasión adecuada, quizá porque no tenía yo un especial interés en el tema. No fue hasta que una amiga me explicó las fantásticas sensaciones que ella experimentaba al ser atada que se me despertaron las ganas.

Mi amiga propició el encuentro con un maestro atador de su confianza. Tras ver cómo la ataba a ella, en una especie de coreografía sensual y artística, que me excitó muchísimo, estaba totalmente predispuesta a disfrutar de la experiencia. Iba a ponerme a disposición de alguien que, en principio, era un desconocido para mí. Desde el primer momento sentí su presencia infundiéndome seguridad y calma, con un primer abrazo cálido y fuerte a la vez. El atador supo crear el entorno ideal: bajó la intensidad de la luz, me vendó los ojos y puso en marcha una lista de reproducción musical creada para estas ocasiones. Tras el abrazo inicial empecé a notar cómo las cuerdas se deslizaban sobre mí al ritmo de la música de fondo. Cada roce hacía estremecer mi piel. Cada acercamiento del atador, sintiendo su respiración cerca de mí, incrementaba mi excitación. Como me ató las manos en un primer momento, estaba totalmente a su merced. Qué impresionante sensación saber que estás completamente en manos de otro, dejarte manejar y llevar por él. Notar el poder que tiene sobre ti y, a la vez, sentir esa plena confianza, mientras juega con tu cuerpo a crear una obra de arte efímera. Cuando me sentí totalmente atada y arropada, ahí empezó la segunda parte del ritual: el deshacer las ataduras. Con una extrema sensibilidad, el maestro atador fue desligando cada una de las cuerdas que estaban amarradas a mi cuerpo con fuerza. Cada cuerda que retiraba se convertía en una caricia para mi piel. Tanto estímulo gratificante me hicieron entrar en un trance de deseo y placer. Al quitar la última cuerda, el atador volvió a abrazarme y, estaba claro, me tenía totalmente entregada a él, a su sensualidad y a su arte.

Definitivamente, el Shibari ha entrado en mi repertorio erótico para quedarse y formar parte de él para siempre. Gracias al maestro atador Dave Laciter por abrirme las puertas a otro mundo de nuevas y maravillosas sensaciones.